‘’MALAS PALABRAS’’: ¿GROSERÍA o ENFERMEDAD?

Es bien difícil, después de – por ejemplo- martillarse en un dedo, quedarse en silencio. Lo más común es soltar ‘’una palabrota’’ de mayor o menor calibre, (o al menos, pensarla).
Los científicos hoy ofrecen una nueva versión sobre estas llamadas ‘’malas palabras’’ sobre las cuales se estudia hace rato, al punto de que es sabido, en su gran mayoría aluden a partes del cuerpo humano, a figuras religiosas o recuerdan a modo de insulto, a uno de los seres que más alto está en el pedestal humano: la madre.
Por muy martillado que esté nuestro dedo, por muy azul que se nos ponga la mano que nos pillamos con la puerta, o por muy irritados que estemos, soltar un exabrupto no es bien visto por la sociedad.

Muchos especialistas consideran sin embargo que al usar las también llamadas palabras gruesas estamos canalizando nuestras inquietudes, dolores, frustraciones o rabias.

Las ‘’palabras cochinas’’ tienen su atractivo oculto y en este fenómeno, los niños chiquitos son unos linces para captarlas con una especie de sexto sentido porque saben que crean situaciones embarazosas, (sobre todo a los padres que se mueren de vergüenza cuando las sueltan).

Los más pequeños de la casa las aprenden por haberlas escuchado, quizás no saben ni lo que significan, pero las repiten encantados al descubrir que causan risa, o molestias, que ‘’provocan algo’’ y luego, cuando aprenden a leer y a escribir, muchos corren sigilosamente al diccionario a buscarlas.

(No trata este comentario de justificar conductas groseras ni en modo alguno exponer al pie de la letra el trabajo científico de psiquiatras, sociólogos o neurólogos. Intenta solamente poner de la forma más clara posible, un nuevo enfoque actual sobre los ‘’mal hablados’’)

Abordar el tema de las expresiones obscenas resulta complejo por razones de pudor, porque es difícil hablar de ellas sin nombrarlas, pero se estudian y sobre este poco trillado mundo de las palabras malsonantes, José Manuel Igoa, profesor de Psicología de la Universidad Autónoma de Madrid, señala que ‘’Son palabras con contenido emocional que provocan reacciones y experiencias’’.

Investigaciones sobre el particular revelan que frente a una batería de groserías verbales, los voluntarios que las leyeron experimentaron erección del vello corporal, aceleración del pulso y respiración agitada.

Hoy muchos neurólogos le dan la razón a Darwin, quien aseguró que los improperios están a medio camino entre el gruñido de los simios y el lenguaje humano y están comprobadamente localizados en la parte más primitiva del cerebro.

Si bien por una parte soltar una palabrota, (aunque sea socialmente incorrecta) nos libera de tensiones, puede servir para relajar una situación complicada e incluso resultar graciosa, su uso continuado tiene variantes.

La diferencia estriba en que sea hombre, mujer o niño, ser mal-hablado es un tema vinculado a la educación, las costumbres de cada país, pero ¡ojo!, aquí está la novedad: puede ser una enfermedad llamada Síndrome de Tourette.

Nacido en la época imperial, tal vez entre los años 120 – al 200 a-n-e. Areteo de Capadocia fue un médico griego del cual se tienen pocos datos, tal parece que no fue famoso, sin embargo dejó escritos en los que ya hablaba sobre enfermedades tales como la celiaquía y otra donde describe a pacientes con tics nerviosos, actos repetitivos y muy, pero muy mal hablados.

A los que quejados por este mal, la vida los llevó bien fuerte, demás está decir que en la Edad Media se les tomaba como poseídos por el demonio y hubo que esperar siglos para que este comportamiento inusual, que utiliza la violencia de la comunicación para imponer la fuerza, fuera asumido como una enfermedad por el francés Georges Albert Edouard Brutus Gilles de la Tourette, en 1885.

El después conocido como Síndrome de Tourette pasó a convertirse en enfermedad ‘’moral’’, posteriormente, entre los años 20 a los 60 del pasado siglo, fue asumida por los psiquiatras, empeñados en cambiar la conducta de los enfermos con psicoanálisis. Pero nada dio resultado hasta que la actual neurología la abordó y asumió como suya.

Hasta hoy se califica como una enfermad química producto del desequilibrio de un neurotrasmisor cerebral conocido como ‘’dopamina’’.

En su libro ‘Un antropólogo en Marte’’, el profesor británico de neurología clínica en el ‘’Albert Einstein’’ Collage de Nueva York, Oliver Sacks, va más lejos y advierte que al síndrome de Tourette hay que evaluarlo desde el punto de vista biológico, psicológico, moral y particularmente interno, porque no hay un enfermo igual a otro.

Los síntomas externos de lo aquejados por el mal- que se calcula afecta a una entre mil personas- tienden a confundirse y resulta obviamente más fácil pensar que ese ser disparatado, que suelta blasfemias en cualquier parte, repite consultivamente movimientos que caen mal, o que se comporta de manera grosera y extraña, es un perfecto provocador o un mal educado.

Es posible que lo anterior sea cierto, pero también puede ocurrir que estemos ante la presencia de un enfermo al que solamente tienen derecho a diagnosticar los médicos.

Aunque hay casos que llegan a la gravedad, e incluso quedan invalidadas sus vidas, aclaremos que, de acuerdo con el profesor Sacks, un enfermo con el Síndrome de Tourette puede ser un ser absolutamente capacitado, por ejemplo, una artista genial, un excelente matemático o atleta, o constructor, e incluso un brillante cirujano, a quien no le temblará la mano con el bisturí, ni dará saltos delante del paciente.

Cuando estas personas se meten en cuerpo y alma en sus oficios lo hacen con tal pasión, meticulosidad y profesionalismo – y esa es otra de sus características- que tal parece que en ese momento, no hay enfermedad de por medio.

Son enfermos sí, pero su mal por regla general, no les resta un ápice de capacidad, e incluso, muy por el contrario, pueden desarrollar fácilmente habilidades que a los llamados ‘’normales’’ les cuesta media vida aprender.

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